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Como medida para la protección colectiva de las personas frente a los riesgos de la emergencia, tempranamente y con la colaboración de toda la comunidad, las actividades fundamentales de la universidad fueron llevadas a un modo no presencial.

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Para disponer de una ‘carta de navegación’ de corto y mediano plazo, en un contexto incierto y muy difícil de predecir, se han modificado las fechas del calendario académico 2020, adaptándolo a las nuevas circunstancias.

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Para dar continuidad a los procesos formativos, se está adaptando la totalidad de los programas de pregrado y postgrado al contexto no presencial, proveyendo los medios y las capacitaciones necesarias para su implementación.

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Con el fin de alcanzar el mejor desarrollo posible de los procesos formativos y de sus actividades académicas claves, se han flexibilizado reglamentos, normas y condiciones de implementación, en beneficio de la formación y de la investigación.

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La necesidad de tomar decisiones inéditas pone en tensión la organización y la gestión del trabajo académico habituales, ante lo cual se están constituyendo nuevos equipos para fortalecer capacidades e instancias de trabajo colaborativo en distintas áreas.

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En la segunda mitad del año es probable que pueda retomarse buena parte de la actividad presencial, aunque no en los mismos términos que antes de la emergencia: habrá que hacerse cargo de los efectos y consecuencias, en muy distintos ámbitos, que deben anticiparse desde ya.

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Los cambios ocasionados por el actual contexto tienen sentido no solo frente a la emergencia, constituyen también una gran oportunidad de transformación en el mediano y largo plazo, que puede generar innovaciones en las prácticas en docencia, gestión e investigación.

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La magnitud de los desafíos impulsa a actuar en conjunto, donde cada cual aporte sus capacidades de acuerdo a sus posibilidades para resolver solidariamente necesidades sociales, académicas, laborales, personales, familiares.

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