Vigésima octava semana del tiempo durante el año

Estamos invitados a un banquete. Un banquete con manjares suculentos y vinos añejados, nos dice Isaías; un banquete de bodas, nos aclara Jesús, el Esposo-de-la-Iglesia-Esposa. Un banquete que evocamos y comenzamos cada vez que saboreamos la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía, con la esperanza de que se prolongue en la vida diaria… para que nuestra vida sea “una Misa prolongada”, como decía el Padre Hurtado. ¿Cómo hacer para llegar a ello? Es el desafío que tenemos como Iglesia, en todas sus dimensiones. Porque, como señala la versión dominical de la Plegaria Eucarística II, la Iglesia está “extendida por toda la tierra y reunida aquí…” Y no sólo el domingo. Ella es ‘signo e instrumento’ del banquete celestial. Y un signo se ve, un instrumento se usa: ¿Cómo anda nuestra vida eclesial? ¿De qué banquete hablamos en una ciudad donde los edificios de treinta pisos conviven con las frazadas, lonas, cartones… donde duermen quienes viven en situación de calle? ¿O en poblaciones donde los fuegos artificiales anuncian que llegó “la merca” con su secuela deshumanizadora? Dar ambiente de fiesta de bodas a la eucaristía dominical en estas circunstancias, parece un desafío insalvable. Por eso, la promesa de Pablo en la carta a los Filipenses –Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes conforme a su riqueza, en Cristo Jesús–, se hace súplica y acto de fe, para que trabajemos con esperanza, sin desanimarnos por las dificultades: Tenemos que conseguir ‘traje de fiesta’ para todos.  
En la semana, la fiesta del apóstol san Lucas, interrumpe la lectura continua de su evangelio, que nos hace contemplar el conflicto creciente de Jesús con los fariseos, que hay que mirar no como un hecho del pasado, sino como la lucha contra nuestro propio fariseísmo, en la vida  personal y comunitaria. Con humildad hemos de pedir la gracia de no ser sordos a la acción de Espíritu, que nos une en Cristo. Mientras tanto, la carta de san Pablo a los Romanos nos prepara muy oportunamente a la conmemoración de los 500 años del comienzo de la Reforma. Ya desde 1999, católicos y luteranos tenemos un acuerdo básico sobre lo que fue el punto de partida de nuestra separación; lo que nos falta ahora es tomar conciencia de ello y trabajar por la unidad visible, para que transitemos “Del Conflicto a la Comunión”.
En el santoral, el domingo resulta impedida la celebración de santa Teresa de Jesús (1515-1582) la gran mística reformadora del Carmelo, doctora de la Iglesia. El lunes 16 puede celebrarse a santa Eduvigis (+1243), viuda y religiosa, o a santa Margarita María de Alacoque (+1690), religiosa de la Visitación, apóstol del Sagrado Corazón. El 17 es el turno de recordar a san Ignacio de Antioquía (+107?), cuyas cartas a diversas comunidades, durante su traslado a Roma, iluminaron a sus contemporáneos y han seguido iluminando a la Iglesia, por su sentido eclesial y su mística del martirio. El miércoles 18, se celebra la fiesta  ya mencionada de san Lucas, que habría muerto (el año 84?) siendo obispo de Tebe en Beocia (Grecia). El 19, se recuerda la memoria de santos, Juan de Brébeuf, Isaac Jogues, René Goupil, Nöel Chabanel…, etc. jesuitas que fueron martirizados entre 1642 y 1649, por evangelizar y defender a los indígenas hurones en la zona de los Grandes Lagos entre Canadá y Estados Unidos.

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