17ª. semana del tiempo durante el año

En el evangelio de Mateo, a la altura del capítulo 13, que nos está alimentando en los últimos domingos, Jesús ya nos ha hablado de “tesoros”: “…donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.  Nos lo dijo en el centro del Sermón de la Montaña (en Mt.6,21). Las parábolas del tesoro y de la perla, podemos entenderlas entonces en clave de encontrar dónde está nuestro corazón. Y Jesús nos presenta dos ejemplos de personas corrientes. No escribas expertos en la Ley, ni sacerdotes dedicado al culto, sino un campesino y un comerciante en perlas, que dejan todo lo que tienen, todo lo que hasta entonces tenían para vivir, para conseguir el tesoro o comprar la perla que han encontrado por azar (el tesoro) o buscándola (la perla).

¿Hemos encontrado el tesoro por el que vale la pena dejarlo todo? ¿Dónde lo encontramos? Mientras no lo encontremos, no hemos encontrado nuestro corazón, por lo que nos dice Jesús.

La liturgia dominical nos plantea, en la mesa de la Palabra, el desafío de buscar respuesta a esas preguntas.  Y, tal vez, el no poder estar ahora compartiendo con la comunidad, nos hace preguntarnos si la hemos echado de menos, o, por lo menos, qué hemos echado de menos en este tiempo de confinamiento. Tal vez, algunas personas echan de menos el encuentro personal íntimo con Jesús; otras añorarán el encuentro alegre con la comunidad de la capilla o de la parroquia. ¿Dónde nos ubicamos al respecto?

Por lo que uno escucha o ve por los medios, de los lugares donde ha comenzado a reabrirse el culto público (España, Francia, etc…), el confinamiento ha dejado huellas. Asistir a Misa por TV, o por una red social, puede satisfacer a quienes busquen un encuentro íntimo, individual, con Jesús o con el Padre, con el riesgo de quedarse en lo estéticamente correcto, y, tal vez quien añore el encuentro con la comunidad o el grupo, puede quedarse en lo entretenido, sin llegar a encontrarse allí con el Maestro que nos dice a cada una/o: “Sígueme” y luego nos envía a llevar su Buena Noticia para transformar nuestro mundo.

Parece, por lo tanto, que tenemos que pedir, en este tiempo, la gracia de encontrar el tesoro que conjugue ambas dimensiones: Un encuentro íntimo con Jesús, que nos alimente con su Palabra y su Cuerpo y Sangre, y que, al mismo tiempo, nos disponga a dejar todo lo que no sea anunciar la Buena Noticia con la palabra y con la vida. Para eso necesitamos la Gracia (=el Amor gratuito) de Dios, y la comunidad concreta que nos muestra las heridas que hay que sanar y nos ayuda a curar las nuestras.

Ojalá este tiempo, en que hemos tenido que limitarnos a encuentros virtuales, nos haga sentir la necesidad de encontrarnos, al menos cada domingo, físicamente como Pueblo de Dios. Un Pueblo que no está formado por ángeles, sino por seres humanos limitados que, en sus virtudes y defectos, muestra al mundo que, por seguir a Cristo, vale la pena dejar todo lo demás…

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