Cuarta semana de Cuaresma

Pasada la mitad de la Cuaresma, la liturgia nos hace mirar cada vez más de cerca el conflicto en la vida de Jesús, y, al mismo tiempo, nos pone ante la necesidad de optar frente a Él. O aceptamos ser iluminados por Él como el ciego cuya curación contemplamos, o nos encerramos en una ceguera voluntaria, aferrados orgullosamente a nuestras seguridades. En  la Iniciación de adultos, en estos días se ora porque los catecúmenos sean liberados de los engaños que los ciegan, y abran sus ojos interiores a la Verdad que es Cristo.
Aunque se exacerba el conflicto, se vive también la alegre inminencia de la Pascua. La última palabra no es la muerte, sino la vida resucitada en Cristo. Por eso, esta semana comienza con una invitación a la alegría. Y la oración del domingo ruega porque vivamos las fiestas pascuales con fe viva y entrega generosa. El relato de la curación del ciego de nacimiento está lleno de símbolos pascuales: Jesús parece iniciar la nueva creación con el barro que es quitado en la piscina “del Enviado”, símbolo del agua del bautismo. Y el ciego hace un camino gradual desde la ceguera física a la iluminación de la fe, que lo lleva a postrarse ante la gloria del Señor que se le revela en Jesús, mientras que los que dicen: “…vemos”, “…sabemos”. se encierran, también progresivamente, en sus tinieblas. Estamos llamados, entonces, a despertarnos a la luz de Cristo, para ver las cosas con los criterios de Dios.
En el leccionario ferial comenzamos ahora una lectura semicontinua del evangelio de san Juan, que será nuestro guía hasta el fin del Tiempo Pascual. Contemplamos cómo  la luz brilla en las tinieblas pero las tinieblas no la reciben. Constantemente nos encontramos ante la necesidad de optar por Jesús y seguirlo, mientras progresivamente se nos va revelando con mayor nitidez.
El lunes asistimos al “segundo signo” que hace Jesús en el evangelio de Juan: La curación, sólo por su palabra, del hijo del funcionario real; el episodio lo contemplamos a la luz de la promesa de una nueva creación, formulada por Isaías. El martes podemos reflexionar sobre la vida nueva rebosante de salud, que dan las aguas que brotan del santuario. El miércoles y el jueves continuamos contemplando la revelación que encierra la curación del paralítico: estamos llamados a escuchar la voz del Hijo que nos libera de las tinieblas de la muerte. Una liberación que se nos da gratuitamente, por el amor fiel de Dios por su pueblo. El viernes y el sábado pasamos al capítulo 7 de san Juan, que profundiza en la actitud de los que expulsaron de la sinagoga al que había sido ciego. Jesús parece desafiar las trampas que le tienden, mientras va como un cordero al matadero.
No sólo los catecúmenos tienen que mirar en profundidad la opción ante la que están abocados. Todos como iglesia, y cada uno de nosotros en particular, corremos el riesgo de aferrarnos a los ídolos que nos dan seguridad, y que nos hacen clasificar, sin misericordia, a los demás. Creemos o queremos creer que Dios viene a nosotros siempre por los caminos conocidos y desde los lugares conocidos. Al acercarnos a la conmemoración de una nueva Pascua, pidamos la gracia de abrirnos a la acción del Espíritu, para que podamos recuperar el don que se nos hizo en el Bautismo: ser nuevas creaturas en Cristo.

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