Décima séptima semana del Tiempo durante el año

Jesús, como buen judío, no habla directamente de Dios. Dice “El Reino de los cielos”. Y en las parábolas de este domingo nos lo presenta como un tesoro que un hombre encuentra, y como un negociante que se dedica a buscar perlas finas. Esto es que Dios, en primer lugar, se nos regala, pero también hay que buscarlo. En este año del Quinto Centenario de la Reforma, podemos tomar conciencia de que en el tema de la justificación se conjugan ambos aspectos. La doctrina luterana era y es más consciente de la iniciativa de la Gracia de Dios, mientras que los católicos ponemos más el acento en la dimensión de la búsqueda humana. Hoy reconocemos que los dos bandos tenían razón en lo que defendían, pero que el problema se producía cuando negaban lo que decía el otro. La gracia recibida nos impulsa a hacer el bien, y, si buscamos a Dios, es porque Él nos ha buscado primero y nos da la gracia de anhelarlo. De alguna manera, Jesús nos pregunta por cuál es el tesoro que hemos descubierto en nuestra vida… por qué rumbo, en qué dirección se orienta el camino de nuestra vida. “Donde está tu tesoro, estará tu corazón” nos ha advertido ya el Maestro en el Sermón del Monte (Mt. 6,21). ¿Lo habremos ya descubierto? ¿Qué es lo que alegra, ilumina nuestras vidas? Descubrirlo supone haber discernido y elegido bien; si no lo hemos hecho, no es tarde para pedir la misma gracia que pide Salomón en la primera lectura de hoy. El domingo pasado se nos advertía que necesitamos la acción del Espíritu para saber pedir como es debido. En esta semana se nos revela algo más: Dios nos ha amado y elegido para que reproduzcamos la imagen de su Hijo. Un destino que nos alegra como se alegra el que ha encontrado el tesoro, la perla fina, por la que vale la pena dejarlo todo. En eso consiste la sabiduría que Salomón pidió y que Jesús nos regala: en reconocer, en lo nuevo y en lo antiguo, el designio amoroso de Dios.
En la semana, la Mesa de la Palabra sigue haciéndonos contemplar y gustar la fidelidad de Dios, que guía al pueblo liberado de Egipto, hacia la tierra prometida. Las lecturas del viernes y del sábado, tomadas del Levítico, nos sugieren ya la llegada a la meta. En ese contexto, las normas sobre el año jubilar parecen asegurar la periódica vivencia del Éxodo: Un pueblo de peregrinos está dispuesto a compartir todo, y a confiar en Dios que lo conduce. Los textos evangélicos, por su parte, tras hacernos profundizar en las parábolas que hemos escuchado, nos muestran la contradicción que se va formando no sólo contra Jesús, el hijo del carpintero,  sino contra todo el que invita a la conversión. Así Juan, el Precursor, precede también a Jesús en la muerte, por ser fiel a la verdad. El camino hacia la Vida pasa por el Calvario.
El santoral de esta semana nos recuerda a varios fundadores. El lunes 31, los jesuitas celebramos a nuestro san Ignacio (1491-1556). El martes 1 se celebra a san Alfonso María de Ligorio, fundador de los Redentoristas, maestro de la Teología Moral (+1787). El miércoles 2, celebramos a san Pedro Fabro (1506-1546), compañero de san Ignacio y primer sacerdote de la Compañía de Jesús. Además del obispo Eusebio de Vercelli (+371), ese mismo día la Iglesia recuerda a san Pedro Julián Eymard (1811-1868), fundador de los Sacramentinos. El viernes 4 celebramos al santo patrono de los párrocos, san Juan María Vianney, cura de Ars (1786-1859) y el 5 la dedicación de la Basílica de Santa María, la iglesia que el Papa Francisco suele visitar al comenzar sus viajes apostólicos.

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