Artículo publicado en revista Jesuitas Chile n. 49

Por María de los Ángeles Pavez y Juan Cristóbal García-Huidobro sj

La crisis social que vivimos como país tocó de lleno a nuestros 22 colegios y escuelas. Varios tuvieron que enfrentar situaciones de inseguridad por los barrios donde están emplazados los respectivos establecimientos (por ej., la Escuela San Ignacio de Loyola de Valparaíso y el Colegio San Luis de Antofagasta están a pocos metros de las respectivas “zona cero” de sus ciudades).

Todos tuvieron que adaptar las rutinas escolares, con contratiempos para apoderados, estudiantes y funcionarios. Hubo que tomar decisiones para no perjudicar el aprendizaje de los estudiantes e, incluso, en algunos casos, para que los estudiantes no dejaran de recibir almuerzo de lunes a viernes. Sumado a todo eso, y en un plano más de la gestión, se evidenció una intensa polarización ideológica, que también se instaló al interior de esas comunidades.

En gran parte, esta diversidad de experiencias se debe a la variedad de colegios y escuelas que conforman la Red Educacional Ignaciana (REI). Estamos en cinco regiones: Antofagasta, Valparaíso, Metropolitana, Biobío y Los Lagos. Hay escuelas solo con enseñanza básica, un colegio solo con enseñanza media, varios con básica y media, y cinco escuelas de reingreso que reciben estudiantes con dos o más años de desfase en su escolaridad. Hay algunos pagados y colegios y escuelas gratuitas.

Por la espiritualidad que nos une, en todos los colegios y escuelas existió la convicción de que, además de adaptarse para garantizar la seguridad y el cuidado de los miembros de las comunidades, era necesario generar espacios de diálogo y oración para elaborar lo vivido y aportar creativamente a la comprensión de la crisis. Así, surgieron múltiples actividades; unas organizadas por los mismos colegios, otras por los centros de padres o de alumnos: jornadas reflexivas; cabildos comunitarios; charlas temáticas sobre una nueva Constitución, pensiones, semana laboral de 40 horas, etc.; encuentros con exalumnos/as para analizar su rol en la sociedad; cápsulas cívicas; diálogos ignacianos con alumnos de 7° básico a 4° medio; un cabildo abierto a otros colegios de la ciudad… En fin, fueron tantas actividades que es imposible detallarlas en estas líneas.

Mirando lo vivido y lo realizado, creemos que fue una gran oportunidad de aprendizaje. La situación obligó a las comunidades a entrar con hondura en temas de justicia y equidad (tanto del país como internos de cada comunidad escolar), cosa fundamental desde la mirada ignaciana. Esto no fue fácil; en varios colegios y escuelas se radicalizaron visiones y posiciones, tanto entre estudiantes como entre funcionarios y profesores. Eso significó tensiones y conflictos, pero permitió reafirmar la misión de las instituciones pertenecientes a la REI, tal como está formulada en nuestro Proyecto Educativo: “Esos niños, niñas y jóvenes que se educan en nuestros centros educativos, han de ser hombres y mujeres conscientes, capaces de trascender, agentes de cambio y protagonistas de su circunstancia. Soñamos con que encuentren a Dios en sus vidas y que vivan comunitariamente una experiencia de discipulado en el seguimiento personal de Jesucristo, para que con Él descubran la felicidad que brota del servicio. Queremos que se inserten bien en la sociedad y se sientan protagonistas y responsables; que sean dialogantes y vivan motivados a promover el Evangelio, la justicia social, el amor a Dios y al prójimo, especialmente a los más pobres” (N°36).

Para el futuro, hemos recogido varios desafíos surgidos a partir de este movimiento social, todas invitaciones a seguir dialogando y profundizando para un mejor discernimiento. Aquí mencionamos algunos de ellos:

• Para enfrentar la crisis hubo que ser muy flexibles y creativos, organizando con nuevos modos la jornada escolar. En varios casos, esto fue muy valorado, tanto por estudiantes como por profesores. Así, ¿cómo volvemos a las rutinas escolares sin perder los espacios ganados para innovar y buscar alternativas a la educación tradicional?

• Todo exigió mucho diálogo y participación en la toma de decisiones (por ej., con mesas de diálogo entre directivos, sindicatos y centros de apoderados y de alumnos). ¿Cómo preservar esos espacios de diálogo en la estructura de nuestros colegios y escuelas?

• El uso de redes sociales para comunicar asuntos que piden conversación y análisis más finos generó malentendidos y tensiones. ¿Cómo aprendemos (y enseñamos) a ser cuidadosos con las comunicaciones y a fortalecer la institucionalidad vigente para dialogar, denunciar y resolver nuestras legítimas diferencias?

• Se mostró la gran fragilidad que tiene nuestra formación ciudadana. ¿Cómo nuestros colegios y escuelas se harán cargo de este tema desde los primeros años de la enseñanza básica, formando a las futuras generaciones ignacianas para colaborar en la búsqueda del bien común en nuevas formas de
hacer política?

La crisis social afectó fuertemente nuestros colegios y escuelas, y cada uno de nosotros estamos poniendo los medios para que eso no quede solo en lo vivido este 2019, sino que implique nuevos modos de educar para el nuevo Chile que la gente ha ido soñando en estas semanas.

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