Por Ingrid Riederer. Entrevista realizada el 19 de noviembre de 2019 y publicada en Revista Jesuitas Chile n. 49

—¿Cuáles son los orígenes de este malestar social?

Rabia, frustración acumulada, desesperanza aprendida… es un océano hecho de historias personales que se fueron encontrando, reconociéndose ante promesas incumplidas respecto del valor del esfuerzo, del valor de las instituciones democráticas o de la construcción de un país equitativo donde valiera la pena ser honesto.

—¿Qué nos pasó como sociedad que llegamos a este punto?

La revuelta ya se manifestaba a través de fisuras, no solo con los “pingüinos” que decían que la educación no es un bien de consumo o por el movimiento “no +AFP”, u otros, sino que en el aumento de la circulación de rabia. Tenemos una responsabilidad evangélica ante la rabia social, y no la honramos. Despertamos a una conciencia ética del “no más”. Y al mismo tiempo se evidenció la necesidad de profundizar en cómo llegamos a esto y la manera de salir adelante con una democracia fortalecida.

—¿Por qué hubo que llegar a la violencia para ver el descontento?

La pregunta que me hago es ¿cómo es posible que yo espere la coerción externa para reaccionar poniendo en obra los mínimos éticos? ¿Por qué sería necesario llegar a la sangre para que se reparara lo que es simplemente justo? Me parece que todos los que no reaccionamos a tiempo ante los llamados de atención, por ejemplo, ante las víctimas de abusos sexuales intraeclesiásticos o ante las demandas de disminución de las brechas salariales, nos transformamos en propagadores de la violencia. El malestar no tiene que ver con un tema técnico de cifras, sino con el empujar a millones de personas a resentir el desprecio. Es violenta esta falta de reconocimiento, esta desigual repartición del valor de las personas, aunque haya razones técnicas para disimularlo.

—¿Qué pasó con la persona, quedó de lado?

Tengo una hipótesis que me hace creer que este tipo de sociedad capitalista que tenemos en Chile es también intrínsecamente perversa. Sabemos que antes se afirmó esto del marxismo, por otras razones. Veo que tenemos una economía donde la valoración de las personas está subordinada a su capacidad de producción y consumo; eso es un insulto a la dignidad sagrada de las personas. Además, es una mirada muy irresponsable, porque activa la versión más frívola, instrumental, manipuladora y primitiva de las personas, erosionando nuestras relaciones de fidelidad, de solidaridad, de gratuidad, de perdón, de compasión. Al menos desde Jesús no parece digno mover las relaciones sociales promoviendo la competitividad y la codicia. Las tareas del comercio, dar empleo, innovar, generar crecimiento, son nobles y dignas. El problema es cuando ellas pierden el fin de promover la dignidad igualitaria y sagrada de cada ser humano.

—¿Se olvidó la empatía?

El “padecer con”, no en términos de condescendencia sino cómo Jesús lo hacía, supone una cierta serenidad. Acá normalizamos un modo de relación en función de metas, bonos, ascensos, que nos tienen permanentemente estresados y en estado de alerta respecto de si nos quedamos atrás, del posicionamiento, que obstaculiza otro tipo de prioridades, como la calidad de los vínculos, el cuidado de las personas, los duelos que están pendientes para seguir sintiéndonos hermanos tan distintos como somos.

—¿Tiene la Iglesia también algo de responsabilidad?

Absolutamente. No estamos conectados al alma del Chile de hoy, un alma tironeada, a la vez más igualitaria y al mismo tiempo chantajeada respecto de cómo entendemos la dignidad. Nuestros establecimientos educacionales se quedaron atrás en cuanto a revertir la segregación e indolencia, y esa era parte de nuestro aporte evangelizador. Como dice Francisco, salir a cuidar la vida como es, no como debiera ser. Redescubrir al Jesús del Evangelio que nos enseña a cuidar las vidas reales, no las ideales.

—En Chile se han vuelto a vulnerar los derechos humanos, ¿cómo pudo pasar?

Antes de este despertar existía una cierta normalización de vulneraciones de distinta índole a los derechos humanos más fundamentales: salud, vivienda, educación. Aparecieron nuevas enfermedades crónicas, a veces terminales, las de “la lista de espera”, o de las brechas salariales ofensivas, o de las corrupciones con insultantes desigualdades en la distribución del castigo. Eso hizo que las personas creyeran que una nueva violencia podía ser legítima en respuesta a esas otras violencias normalizadas. Posición que no comparto, pero que tengo la obligación de entender, por razones morales y religiosas. Si no la entendemos, si no promovemos políticas sociales que reparen lo injusto, nos transformaremos en promotores de nuevas violencias.

—¿Cómo vivir de ahora en adelante en este nuevo Chile?

Tenemos que conocer y sanar el alma del Chile de hoy, además de una tarea importante de recomposición de sus instituciones, partiendo por la democracia, y pasando por las Iglesias, que hagan su aporte desde ese humanismo nacido de Jesús, para construir un pacto social que sea el reflejo de lo que es hoy Chile, porque han aparecido otras prioridades que dan cuenta de la deuda que tiene el país con la dignidad. Sé que Jesús nos va a dar su Espíritu de sabiduría. Lo necesitamos para este tiempo de parto, lo requerimos especialmente ante los que quieren validar la violencia y amenazan la viabilidad de un Nuevo Pacto Social.

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