Hemos terminado el “retiro espiritual” de la Cuaresma que, en el hemisferio sur apenas percibimos, porque es época de cosechas y vendimias, festividades rurales que van cerrando la época de vacaciones con un ambiente de carnaval prolongado. Y entramos en el tiempo de Pascua, que nos invita –con su contexto original de primavera- a alegrarnos con el triunfo de Jesucristo sobre la muerte, triunfo que compartimos, habitualmente sin saberlo, en nuestro Bautismo.

Pero, la pandemia del coronavirus ha prolongado el ambiente de Cuaresma en todo el mundo, y una Cuaresma más rigurosa que la oficial. Porque, aunque no se imponen ayunos de alimentos, sí debemos ayunar de encuentros sociales, ayunar de sentir un fraterno abrazo de apoyo en los momentos difíciles… en último término, ayunar de los demás, hasta de la propia familia, un ayuno que puede (y peor, debe) llegar a impedir que un padre que trabaja en servicios sanitarios, al llegar a casa, abrace a su hijo, aunque el chico no entienda y pueda sentirse rechazado.

El ayuno y la penitencia cuaresmales tienen un término fijo… los del coronavirus no. Y, a juzgar por lo que dicen los especialistas y la experiencia de otros países, esta cuaresma es más larga que nuestras cuaresmas cristianas. Pero podría ser ocurrir con ella, lo que se espera que ocurra con una persona que acude voluntariamente al Bautismo: que su vida cambie radicalmente, para hacer, en realidad, lo que Cristo haría en su lugar.

Seguramente la experiencia de ‘cuarentenas’ que estamos viviendo por la pandemia puede desembocar en un radical cambio en nuestra manera de vivir, más allá del día en que –esperemos- se pueda decir que el flagelo ha sido dominado. Ojalá que no perdamos la cordialidad y el valor simbólico que tienen un apretón de manos, un abrazo y/o un beso. Pero no los hagamos un gesto banal, ni invasivo y, procuremos reconocer y respetar el espacio personal ajeno. Vamos, también, a aprender a preguntarnos cómo se sentirá la otra persona ante nuestro acercamiento. En el fondo, no se trata de amar menos o de aceptar menos a la otra persona, sino de asumir que el virus nos ha transformado a todos en posibles portadores asintomáticos –hayamos padecido o no la enfermedad- y que ya no sólo habrá en la vida social acercamientos y encuentros ‘amorosos’ sino también distancias amorosas.

Al percibir estos posibles cambios, experimentamos una dificultad y una extrañeza, que valdría la pena reconocer como “morir un poco”, algo que decimos de la experiencia de partir. Pero esa mini-experiencia de muerte es precisamente un gesto de respeto a la vida, la propia y la ajena. Y ojalá esa misma actitud, que solemos considerar frialdad, influya en nuestra rutina diaria. No llegaremos a ser como “ingleses de caricatura”, pero nos hace bien aprender a respetar “el metro cuadrado” ajeno.

La “cuaresma prolongada” del rotavirus puede, entonces, prepararnos a una resurrección personal y social. Y ciertamente nos motiva a rezar para asumir, como fuente de una vida mejor, lo que esto tiene de cruz, con la confianza en el Resucitado a quien estamos contemplando y escuchando en esta semana.

José M. Arenas SJ

Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

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