Por Maria Ester Roblero.

Lo siguiente puede parecer otro idioma para los católicos de Santiago y de otras ciudades de Chile: “Empecé a bailar como mascota en el baile moreno de mi taita, después seguí bailando en los canarios hasta que me pidieron ayudar a organizar las cayucas. Ahora hay caminos, pero hace 60 años uno partía con los burros cargados de anchacas, la primera pascana era en San Miguel, después en Azapa, para llegar en cinco días a los pies de la mamita”.

Quien me contó esta historia fue Rosa Güisa, el año 2009, en Arica. Ella, que entonces tenía más de 80 años, seguía esperando cada 8 de octubre para ir a bailarle a la Virgen de las Peñas, aunque tuviera que caminar a su edad varios kilómetros sobre las piedras de las quebradas de Livílcar.

Hoy, cuando algunas personas preguntan, especialmente por redes sociales, ¿dónde está la Iglesia Católica durante esta pandemia?, me acuerdo de Rosa y de tantas otras personas que he conocido como periodista, trabajando en pueblos andinos, caletas de pescadores, zonas campesinas del valle central, islas de Chiloé y en plena pampa austral.

Ocurre que ante la pregunta “¿dónde está Iglesia Católica durante la pandemia?”, uno en forma automática repite como primera respuesta: “Organizando ayuda en las parroquias, a cargo de ollas comunes, sosteniendo cientos de fundaciones…” Es una respuesta que parece justificar cierta ausencia en los medios y debates públicos. Sin embargo, en esta “pausa” propongo contra preguntarnos a nosotros mismos, hombres y mujeres católicos, si sabemos de verdad dónde está la Iglesia ¿O también tenemos en la cabeza muy metido el paradigma de una institución con un poder temporal, que necesita de líderes que sumen seguidores para mantenerse vigente o que requiere ser visible en medios de comunicación?

En esta “pausa” simplemente me propongo recordar a esa Iglesia nuestra que existe, por ejemplo, en el desierto de Atacama. Allí en Toconao conocí a las Misioneras de Jesús Verbo y Víctima, que desde ahí atendían a comunidades indigenas en poblados como Guatín, Machuca, Purifica, Matancilla…, llegando como ellas mismas contaban en bicicleta o lomo de mula. ¿Cómo estarán en este momento, qué será de ellas?

Por esos mismos parajes, alrededor de capillas de barro y madera de cactus, muchos católicos danzan tinkus, diabladas, morenadas y otros bailes religiosos, en cada fiesta patronal. ¿Cómo habrán sentido este año no haber podido bailar al santo patrono de San Pedro el 29 de junio? ¿Cómo estarán lamentando no poder reunirse este próximo 16 de julio los bailarines promeseros de la Tirana? Pero más allá de no poder reunirse, ¿cómo estarán viviendo esta crisis sanitaria y económica?

En la zona central del país tampoco los cantores a lo poeta podrán acudir este año al templo votivo de Maipú para el día de la Vírgen del Carmen. Una vez un cantor, Arnoldo Madariaga, me dijo: “El canto a lo divino lo desarrolla gente humilde como nosotros, porque el canto a lo divino lo paga Dios… Y Dios paga a plazo y no al contado…” Una manera alegre de graficar la sencillez en que siempre viven. Pero, ¿cómo estarán por estos días? Muchos son profesores. Es probable que estén exhaustos después de estos duros y dolorosos meses.

A veces uno piensa que la gente de las islas del sur está acostumbrada a las pruebas. Quizá es así. Pero no por eso sufren menos; viven luchando por subsistir entre la baja y la alta marea. Las comunidades se reúnen en capillas de alerce para encomendarse a su Nazareno. Un invierno logré pasar en Caguash los nueves días previos a la fiesta del patrono. Quizá desde la ciudad se vea como algo pintoresco, costumbrista. Pero allá uno entiende que se trata de una renovación de la esperanza de gente que se siente ignorada, despojada del progreso y golpeada por la distancia. Se aferran al amor que Dios les tiene y no bajan los brazos frente a la adversidad.

¿Dónde está nuestra Iglesia durante la pandemia? Es cierto que está en las parroquias, fundaciones, movimientos, colegios, ollas comunes. Pero también está “más allá de las ciudades”: es la Iglesia de la piedad que sale a las calles sin pavimentar, como comunidad; que no “vende” en los medios de comunicación,  que no tiene influencias de poder según los criterios mundanos, pero que vive desde hace siglos “energizando” la fe de nuestro Pueblo. Es importante que sepamos que esa Iglesia que no vemos a simple vista, si existe, está viva y a la espera de poder celebrar su fe. Su existencia puede orientar a todo creyente hacia una respuesta no solo correcta, sino muy profunda y verdadera. El padre Hurtado nos recordaba que “el pobre es Cristo” no solo para que podamos reconocer en los más necesitados a nuestro Dios encarnado, sino porque de los más sencillos e invisibles  podemos aprender una enorme lección de sabiduría: la Iglesia está donde habita Jesús.

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