Por Juan Pablo Espinosa Arce (*)

El 19 de Mayo, se proyectaron en uno de los costados del Edificio Telefónica de Santiago las palabras solidaridad y humanidad. Ambas hablan y definen lo que nos es más propio. La solidaridad expresa esa ayuda desinteresada, opuesta al asistencialismo, que se ofrece al que está experimentando algún tipo de carencia. La humanidad, por su parte, define lo propio del ser humano. Hablamos, por ejemplo, de la “condición humana”, parafraseando a Hannah Arendt, filósofa judía-alemana del siglo XX. Además, la “humanidad”, expresa la dignidad que nos es propia, aquello con lo que nacemos, aquello por lo cual no podemos ser tratados como cosas sino que como personas. Pues bien, estas palabras, aparentemente comunes y para nada problemáticas, fueron “tapadas” con potentes focos de luz. La solidaridad y la humanidad se escondieron intencionalmente. Ellas molestan, trituran, denuncian, protestan. Días antes se había proyectado la palabra “hambre”, haciendo alusión a la otra pandemia, esa más permanente en muchos hogares de Chile, de la América y del mundo incluso fuera de la pandemia. 

El otro suceso, y que ha marcado la discusión internacional, fue el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía estadounidense (Dereck Chauvin) en la ciudad de Minneapolis el 25 de Mayo recién pasado. A George Floyd se le asfixió cuando una rodilla puesta maliciosamente en su cuello lo dejó sin aire. Él se encontraba desarmado y esposado en un estado de completa asimetría defensiva en comparación de su asesino. Él pedía ayuda y protestaba: “no puedo respirar”. Lo que vino después del asesinato de Floyd fue una amplia respuesta de parte de la ciudad de Minneapolis y de una denuncia generalizada que se ha ido sucediendo más allá de los límites de Estados Unidos. El racismo mata. Al racismo se le debe denunciar.

Ambos sucesos muestran una clave transversal: la humanidad continúa siendo negada, asesinada, “tapada”, asfixiada aún estando desarmada. Estamos en medio de lo que Robert Redeker ha llamado lo “neghumano”, es decir, “todo aquel que no logra, que ya no logra ser”. Desde ya sugiero la lectura de este autor en su obra: “Egobody: la fábrica del hombre nuevo” en la cual se encuentra este concepto (Fondo de Cultura Económica, Colombia 2014). A lo “neghumano” se suma, en las ideas de Redeker, lo “deshumano”. El “des” indica la imposibilidad de unirse a otros, de crear comunidades políticamente afables y confortables, de vivir bien, de practicar la solidaridad, de ser simplemente “humanos”. En medio de una pandemia en ascenso, con miles de muertos anónimos que se han traducido en cifras como hemos indicado en otro momento, se nos presentan estos sucesos que vienen a colocar más dolor al dolor ya experimentado. Si la pandemia del COVID-19 está desafiando a los esfuerzos científicos, de organización política, de las formas de vivir más comunes, de educar, de morir, esta otra pandemia, la de la “neghumanización”, de lo des-humano (a lo que le falta humanidad) también nos está atacando por distintos frentes. 

Pausa Ignaciana: ¿Hora de filosofía?

No puede normalizarse lo malicioso de la negación de lo humano. Matar la humanidad es, sin dudarlo, un acontecimiento de profundo mal en cuanto el mal genera víctimas. Es justamente el lugar de las víctimas lo que nos impide dejar al mal en la mera teorización. Ellas, las víctimas, nos hacen comprenderlo como algo concreto, como dice el filósofo español Gabriel Amengual. Las víctimas deben ser la medida de nuestra falta de humanidad y de nuestros esfuerzos por reconstruirla. Ya lo habían intuido tantos pensadores posteriores a Auschwitz. El símbolo o la metáfora de “tapar con luz” palabras y expresiones que nos hacen bien como es la “solidaridad”, el gesto de matar a un afro desarmado, y tantos otros acontecimientos de cada día, son la otra pandemia que se ramifica por nuestro cuerpo personal y social. No podemos permitir que la dignidad humana, esa por la cual se ha trabajado tanto, se ha educado, se ha manifestado en tantas formas, perezca. La humanidad hoy nos grita: “no puedo respirar”. La humanidad sigue siendo cubierta por las dinámicas del poder mal practicado. El prójimo sigue muriendo.

Desde mi vereda de profesor, pienso que la educación continúa siendo la mayor herramienta de trabajo para prevenir que estas y otras situaciones continúen desplegándose. La educación tiene ese trabajo precioso de transformación de las estructuras en las cuales lo neghumano o de lo deshumano se deben transformar hacia lo humano. El movimiento hacia el buen vivir, hacia lo bio-político, a la manifestación de una humanidad auténtica, son tareas que nos corresponden a todos. Que esta otra pandemia no nos pase la cuenta y no asfixie ni “tape” nuestra humanidad.

(*) Académico Facultad de Teología UC y de la Universidad Alberto Hurtado. 

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