PAUSA IGNACIANA: Una imagen y un grito, o qué pasa con las lágrimas

Por Samuel Yáñez (syanez@uahurtado.cl)
Utilizando una red global de telescopios, el miércoles 10 de abril, por la mañana, se capturó la imagen de un agujero negro supermasivo. Ésta es la primera evidencia visual directa de que los agujeros negros existen. Según informa CNN en español, más de 200 investigadores participaron en el proyecto.[1] “Hemos visto lo que pensábamos que no se podía ver” dijo Sheperd Doeleman, director de Event Horizon Telescope Collaboration. “Las observaciones fueron una danza coordinada en la que simultáneamente apuntamos nuestros telescopios en una secuencia cuidadosamente planificada”, sostuvo Daniel Marrone, profesor asociado de astronomía de la Universidad de Arizona. “Para asegurarnos de que estas observaciones fueran realmente simultáneas, de modo que pudiéramos ver el mismo frente de onda de luz cuando aterrizó en cada telescopio, utilizamos relojes atómicos extremadamente precisos en cada uno de los telescopios”. Un agujero negro es una zona limitada del espacio que posee una altísima concentración y densidad de masa, de tal modo que su campo gravitacional impide que escape toda partícula, incluso las de la luz. Por eso es negro. Se supone que en el centro de la mayoría de las galaxias habría agujeros negros supermasivos.
¿Allí entonces van a descansar las lágrimas? ¿O su destino sucede de otra manera?
http://localhost/j2021/pausa-ignaciana-que-hacer-con-las-lagrimas/
Hace aproximadamente dos milenios, se escuchó un grito, según relatos que nos han llegado. Un delincuente clavado a dos palos “dando de nuevo un fuerte grito, exhaló su espíritu”.[2] Ese grito fue asombroso. Fue el aullido de un hombre desconocido y, para quienes tuvieron oídos para escuchar, fue también el gemido de Dios. Tuvieron oídos muchos hombres y mujeres, con oídos calibrados por la confianza y el agradecimiento, y quizás también en principio por algo de incredulidad. Alguno de ellos vio que ese grito desgarrador era una aguja divina. Y vio a esa aguja atravesando el espacio-tiempo en todas sus extensiones curvas, ¡pasando incluso por los agujeros negros! Era una aguja ingrávida, sutil, un grito callado, que iba, paciente y cuidadosamente, hilvanando, enhebrando, todos los gritos del universo. Sólo por nombrar algunos: el dolor del hombre agotado que, en el hospital, pide más morfina; la caída de un bailarín chico, luego de un certero tiro gatillado quizá sin motivo alguno; la herida de la madre que espera ver aparecer a su hija perdida; el hambre del niño solo; el peso de quienes, bajo yugo no querido, han trabajado y laborado para que otros puedan gozar y sonreír; el temblor de la joven que por primera vez se prostituye; la culpa del arrepentido; la fealdad de las tierras arrasadas por la codicia; la soledad producida por el furor del rendimiento; la tristeza de la luz por no poder salir de un hoyo negro…
La aguja sigue enhebrando. Colgados a ella, muchos hombres y muchas mujeres, en diversos momentos y lugares, recogen gritos, y los cuelgan en las perchas de la aguja. El grito ya se hace audible, incluso, para los confines estelares. El agujero de esta garganta se ha vuelto cósmico, y se va trocando –cuenta el visionario- en una matriz pronta a la hora de un parto. Pero aquí conviene detenerse. Ya no se trata de un asunto astronómico, sino que hay que dejar lugar a una nueva (y vieja) biología.
[1] Ver: https://cnnespanol.cnn.com/2019/04/10/hoyo-negro-agujero-negro-imagenes-foto-primera-video-presentacion-en-vivo-historico/
[2] Leer: Evangelio según san Mateo, 27, 50.
http://localhost/j2021/celebramos-el-dia-internacional-del-libro-con-recomendaciones-jesuitas/

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