¿Por qué la pobreza? Para imitar a Cristo

Por James Hanvey, SJ
San Ignacio y los primeros compañeros concedieron un alto valor a la pobreza. Veo tres razones para ello: la imitación personal de Cristo, la libertad apostólica para la misión y como parte de una renovación evangélica de la Iglesia.

Imitación de Cristo

Elegimos la pobreza porque queremos imitar a Cristo, confiar en la providencia de Dios y liberarnos para servir al Evangelio. Con Ignacio, la vocación a la pobreza comienza con su conversión y continúa siendo una dinámica a lo largo de su vida. Por eso a menudo se refería a sí mismo como “el peregrino”, alguien que depende completamente de la generosidad de Dios y de los demás. Podemos apreciar el mismo modelo en todos los primeros compañeros después de su propia conversión a través de los Ejercicios. La médula de esta pobreza por el bien del Reino es la dependencia de Dios y la confianza que Dios proveerá en nuestras necesidades. De hecho, central al carisma de todos aquellos que reforman o fundan una orden religiosa o comunidad cristiana, es esa intuición central sobre la pobreza. Se resume en las palabras del teólogo protestante, Karl Barth: “…no conocemos realmente a Jesús (el Jesús del Nuevo Testamento) si no lo reconocemos en este pobre hombre, en este (permítanme la palabra controvertida) partidario de los pobres y, en fin de cuentas, en este revolucionario”. (Karl Barth)
 

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Libertad para la Misión

Ignacio y sus compañeros tomaron el Evangelio y, especialmente, el consejo de Cristo de ir sin bolsa y sin par de zapatos de repuesto de una manera directa y casi literal. En su corazón está la exigencia del Reino y una profunda fe que Dios proveerá. A menudo eso será a través de la generosidad de aquellos que responden a la presencia del Reino y quieren apoyarlo: los bienhechores que son en sí mismos un sacramento de la atención providencial de Dios.
En los Ejercicios, Ignacio distingue dos aspectos de la pobreza: una pobreza espiritual y una pobreza material. Opino que es fácil olvidar la primera, cuando es de hecho el fundamento que hace fructífera la segunda. Esa pobreza ‘espiritual’ es una creciente humildad ante Dios y los demás. Pasa de un mundo ‘centrado en mí’ a un mundo centrado en Dios; un mundo en el que el servicio a los demás es prioritario. En ese sentido, la ‘pobreza espiritual’ es la capacidad de amar con una libertad radical y subversiva. La humildad no se ve atrapada en la tela de araña de falsos valores que sólo conocen el poder, la posición social y el prestigio. Es una liberación de la avaricia y la envidia de nuestro mundo. Si somos libremente pobres por Cristo, ¿cómo puede nuestra sociedad pretender un dominio sobre nosotros en términos de valor espiritual o social y riqueza material? La seguridad de la pobreza es diametralmente distinta a todo lo que el sistema social y económico puede ofrecernos.

La pobreza como renovación y reforma

Así, si la pobreza es a la vez imitación de Cristo y libertad al servicio del Reino, también es un testimonio que puede inspirar renovación y reforma. Es difícil para nosotros hoy en día comprender cuán poderosa era la Iglesia, económica y socialmente, en los tiempos de San Ignacio. De hecho, hubo muchos llamamientos a una reforma que provenían tanto de la Iglesia como de los reformadores protestantes. La Compañía primitiva ciertamente se vio a sí misma como parte del movimiento de renovación interna, así como también parte de la defensa de la Iglesia frente a una oposición política y teológica. El compromiso a favor de la pobreza considerada ‘la muralla inquebrantable’ es ciertamente parte de ello. Los primeros jesuitas querían permanecer tan libres como fuera posible de la acumulación de riqueza y propiedad, de ahí las prohibiciones contra ello en las Constituciones de la Compañía. De esa manera, buscaban no sólo preservar la libertad de la Compañía para su misión apostólica sino también querían asegurar su integridad evangélica y reformadora. Esto puede también ser un regalo para la Iglesia de hoy.

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