Yo soy la Resurrección y la Vida (…) ¿Crees esto?” La pregunta que Jesús le hace a Marta en el evangelio de este domingo, nos la hace a nosotros, que en la Cuaresma hemos querido disponernos con gozo a la celebración de la Pascua, para que, participando en los misterios que nos dieron nueva Vida, lleguemos a ser plenamente hijos de Dios (Cf. Prefacio de Cuaresma I). Esperamos que el Señor nos conceda la gracia de hacer nuestra la respuesta de Marta: “Señor, creo que Tú eres el Mesías, el hijo de Dios que debía venir al mundo”.

Esa fe en Jesucristo es la que se espera de quienes se preparan a participar, por el Bautismo, de la muerte y resurrección del Señor, en la noche pascual. Por eso, podemos ver a Lázaro en el sepulcro como símbolo de nuestro mundo, atado con las vendas de la muerte en la pandemia que nos aflige. Y podemos escuchar, entonces, la orden de Jesús: “Desátenlo para que pueda caminar”.

A esa tarea nos convoca nuestra condición de discípulos y discípulas de Jesús, a pesar de nuestras incredulidades que Él vence, tras preguntarnos como a Marta: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”.

“Si crees”; una condición que nos desafía personal y comunitariamente, como miembros de esta Iglesia herida por el pecado, pero llamada a dar testimonio de la Vida que es Jesucristo, presente y actuante por su Espíritu, para dar vida a nuestros cuerpos mortales, como nos recuerda Pablo en la carta a los Romanos.

Como Pueblo santo y necesitado de conversión, podemos pedir, como fruto de esta Cuaresma, asumir con esperanza y constancia la tarea de renovar nuestra vivencia comunitaria, para que estemos en condiciones de ayudar a desatar a nuestro país y a nuestro mundo, de lo que nos inmoviliza y nos mata. Que la emergencia del coronavirus no nos produzca amnesia ante la tarea de renovación eclesial en la que estamos empeñados. Esa tarea no es exclusiva del episcopado y del clero, sino de todas las comunidades y de cada uno de quienes hemos sido bautizados, esto es, hemos sido sumergidos en la muerte de Cristo, para participar de su Resurrección.

Antes del relato de la resurrección de Lázaro, escuchamos el anuncio de Ezequiel: “Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel”. Y escuchamos a san Pablo que nos promete: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales…”

Dejémonos guiar y sostener, por el Espíritu. En Él, encontraremos la esperanza y la fortaleza que nos animarán a asumir, tanto las limitaciones de una cuarentena, como el desafío de anunciar a Cristo Resucitado en un ambiente que quiere sacar a Dios de su horizonte vital.

José M. Arenas SJ

Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

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