Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Décima Segunda semana del Tiempo durante el año

Hay muchas cosas que no sabemos de la Última Cena del Señor con sus discípulos. Ni siquiera sabemos cuántas personas había en ella. Porque, si era la Cena Pascual, las indicaciones para su celebración señalaban que se sacrificara un animal (cordero o cabrito) por familia y, si la familia era muy reducida, se invitaba a otra, para que no quedara nada de carne para el día siguiente. Pero algo que sí podemos saber es quién estuvo de rodillas al comienzo de la cena: Jesús, que lavó los pies a sus discípulos. Una función que solían cumplir los esclavos, si los había.

Por eso, puede (o debería) resultarnos llamativo que, al celebrar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, adquiera tanta importancia ritual la Custodia en la que adoramos esa divina presencia. Algo que nació con la fiesta que celebramos en el domingo que abre esta semana. Como el Jueves Santo resultaba un poco entristecido por ser la víspera de la Pasión y Muerte del Señor, en el siglo XIII se instituyó esta solemnidad para celebrar la presencia permanente del Señor en las especies eucarísticas. Además, para combatir a ciertos “herejes”  que negaban esa presencia.

La Custodia, junto con los himnos doctrinales que compuso santo Tomás de Aquino, unidos a las procesiones y bendiciones eucarísticas propias de esta fiesta, nos ayudan a  contemplar y adorar a Cristo-el-Señor-Resucitado, para abrirle no sólo las puertas de nuestras casas, sino las de nuestros corazones. Pero si nos limitamos sólo a eso, si esa contemplación y adoración no nos llevan a actualizar el gesto de Jesús en la Última Cena, estaríamos más lejos de Jesús que los que en el siglo XII negaban su Presencia en el Pan consagrado. La custodia nos recuerda que Jesús es nuestro Sol de Justicia (un título inspirado en Malaquías 4.1, que suele usarse en la liturgia) y nos ayuda a fijar nuestra vista en Él, especialmente en momentos de adoración y alabanza. Pero no debe impedirnos recordar que es el mismo Jesús que viene a nosotros en el más humilde de nuestros hermanos.  Tal vez para que no nos dejemos abrumar por una imagen demasiado autoritaria y severa suya, el mismo Jesucristo inspiró, entre los siglos XVII y XVIII, la solemnidad de su Sagrado Corazón, que celebramos el viernes 28.

La semana resulta “enmarcada” por dos grandes fiestas del santoral: El lunes 24 san Juan Bautista, el Precursor, nos recuerda que faltan seis meses para la Navidad, y la de Santos Pedro y Pablo, el sábado 29 nos invita a fijarnos en quienes la tradición llama las columnas de la Iglesia. Entre el martes 25 y el jueves 27, mientras terminamos de escuchar a Jesús en el Sermón de la Montaña, comenzamos a recordar los comienzos de la Historia de la Salvación contemplando la elección de Abraham, y el pacto que Dios hace con él. 

En el santoral, el único santo cuya memoria no resulta impedida por una fiesta más importante en la semana, es el patriarca san Cirilo de Alejandría (+444), padre de la Iglesia, defensor acérrimo de la divinidad de Jesucristo. Se lo recuerda el jueves 27.

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