Vigésima segunda semana del tiempo durante el año

La carta a los Hebreos nos dice que nos hemos “acercado a la montaña de Sión, a la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, a una multitud de ángeles, a una fiesta solemne, a la asamblea de los primogénitos cuyos nombres están escritos en el cielo”. ¿Será verdad tanta belleza? De manera parecida a las preguntas en el día del Juicio en san Mateo, seguramente nos preguntamos: ¿Cuándo nos acercamos a esta grandiosa escena?
La respuesta es fácil: en cada Misa. Y si no nos damos cuenta, es porque la respuesta “Lo tenemos levantado hacia el Señor” la decimos casi sin pensar, antes del Prefacio de la plegaria eucarística. Porque toca decirla. Y como hemos escuchado tantas veces las fórmulas que dicen “con los ángeles… aclamamos tu gloria”, no tomamos conciencia de estar con ellos cuando cantamos las frases del capítulo 6 de Isaías: “Santo, santo, santo…”
El descuido puede hacer que nos perdamos la razón principal de por qué se habla de “sagrados misterios” o de “el Misterio de nuestra fe”, en la liturgia. Nos quedamos con la idea del misterio intelectual de la Transustanciación, cuando podríamos dejarnos deslumbrar como niños porque –sin que nos demos cuenta- ya no estamos en un templo, capilla u oratorio construido por manos humanas, sino que estamos en la ciudad del Dios viviente… El modesto recinto en que podemos encontrarnos, está abierto y transformado en la Jerusaléncelestial: El lugar donde somos asimilados por el Pan vivo que, por pura condescendencia suya, podemos comer.
Por eso, Jesús nos advierte que, en la mesa cotidiana de la vida, nos pongamos en los últimos lugares. Porque esa mesa es signo y comienzo del banquete eterno, ése donde el Dueño de casa nos invitará a acercarnos a Él…  Ése es el sentido de la parábola. No es una invitación a quedarnos en las últimas filas del templo, ni es un consejo de etiqueta mundana (donde no es raro que nos quedemos en los últimos lugares sin que nadie venga a buscarnos). En esta vida hemos de vivir sinceramente como aconseja el sabio del Eclesiástico: con modestia y humildad; atendiendo a los últimos, como nos dice Jesús.
La mesa de la Palabra durante la semana nos invita a contemplar el comienzo del ministerio galileo de Jesús,  porque en esta época del año se inicia la lectura del evangelio de san Lucas (cap. 4,1 a 6,5), mientras la primera carta de Pablo a los Corintios nos da un ejemplo de conducción pastoral afectuosa y, al mismo tiempo, firme.
La memoria del Martirio de san Juan Bautista, el lunes 29, y la fiesta de santa Rosa de Lima el martes 30, tienen mesas de la Palabra propias. El Precursor, el más grande de los hombres, y la Patrona de nuestro continente (1586-1617), merecen que les dediquemos especial atención, para que nos muevan con su testimonio ejemplar. El sábado 3, por su parte, nos invita a celebrar la memoria del papa san Gregorio Magno (+ 604), el primero que usó el título de “servidor de los servidores de Dios”. El calendario jesuita, a su vez, nos ofrece,  el viernes 2, la posibilidad de celebrar a diversos mártires  de la época moderna: los bienaventurados Jacques Bonnaud y 22 compañeros mártires en la Revolución Francesa (+1792) y Tomás Sitjar y diez jesuitas y un laico comprometido en el trabajo apostólico de ellos, asesinados en Valencia en 1936. Por diversos caminos, los y las testigos de la fe, llegan a los primeros lugares de la mesa del banquete celestial.

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