29ª. Semana del Tiempo durante el año

Hace algunas semanas oímos la frase de Jesús: “Si ustedes que son malos saben dar cosas buenas a sus hijos ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!”  En el domingo que abre esta semana, Lucas recuerda cómo Jesús enseñaba a orar siempre, sin desanimarse. Pero Jesús no dice, ni antes ni ahora, que Dios nos va a conceder exactamente lo que le pedimos y como se lo pedimos. Orar sin desanimarse no significa presionar a Dios con nuestros gritos, hasta que se canse y nos dé lo que le pedimos, sino ponernos ante Él, para que su Espíritu nos ayude a ver las cosas desde su punto de vista. Tal vez suceda lo que pedíamos en un primer momento, pero lo más probable es que cambie nuestra percepción y descubramos que Dios está junto a nosotros en los momentos de angustia y oscuridad.

Seguramente nos choca la escena de la primera lectura del domingo, porque relaciona la oración de Moisés con la aniquilación de los madianitas. Nos conviene, entonces, entender la batalla de Refidim, como una alegoría del combate espiritual del Pueblo de Dios contra lo que se opone al Reinado del Señor en la vida de su pueblo. Así, podremos comprender un poco las diversas vocaciones en la Iglesia, especialmente en este tiempo especialmente misionero: La oración de una parte de la Iglesia –la de las personas contemplativas, postradas, impedidas de diversas maneras- anima a quienes están en el combate por un mundo mejor…, un combate que incluye el vencerse a sí mismos, para que la totalidad del Cuerpo de Cristo “proclame la Palabra de Dios”, como encarga Pablo a Timoteo, “para corregir y para educar en la justicia…” O, como dice más modernamente el pensamiento social de la Iglesia, para que en nuestra sociedad todos nos comprometamos a procurar y promover el “Bien Común”.

Bien común: Un concepto que no se identifica con mero crecimiento económico, sino que implica las condiciones de vida que permitan un desarrollo más humano de todas las personas que compartimos nuestro país. Un concepto que supone respeto mutuo y aceptación de las diferencias que enriquecen nuestra convivencia nacional. Supone también buscar la equidad, no sólo en las remuneraciones, sino en las oportunidades de acceso a la educación y a la salud. Todo esto es parte de la fe que el Señor espera encontrar entre nosotros: que estemos orando y trabajando por un mundo más justo. Tener fe no es evadirse de la realidad, sino orar y trabajar para transformarla según el plan de Dios. Tener fe supone hacer lo necesario, para que nuestra vida eclesial anuncie el Reinado de Dios.

La justificación por la fe es el tema principal de la carta a los Romanos, que estamos leyendo y escuchando en el leccionario ferial. La fe en el amor victorioso de Dios, que se nos ha revelado en Cristo, es la que nos libera del pecado y nos abre las puertas de la vida eterna. Esa fe nos mantendrá alertas esperando y deseando la venida del Señor; más aún, preparándola en el compartir los bienes de la tierra, de modo que demos frutos de vida eterna. A eso nos llama Jesús en los capítulos de san Lucas que nos ofrece en esta semana la mesa de la Palabra.

El miércoles 23, aniversario de la canonización del Padre Hurtado, se puede también recordar a san    Juan de Capistrano, insigne predicador franciscano (+1456); el 24 es la memoria de san Antonio María Claret (+1870), obispo, fundador de los misioneros Hijos del Corazón de María y las religiosas de María Inmaculada, misioneras claretianas. Por medio de diversos testigos, el Señor nos anima a orar y trabajar incesantemente para que nuestra fe se haga vida en nuestra sociedad.

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