Por Pablo Walker

No están los tiempos para pontificar sobre nada. Sólo sé que desgraciadamente esta escena ya la habíamos visto en el cine: noticieros del mundo entero repitiendo una misma tragedia que sucede en todas partes. Grandes ciudades con avenidas desiertas. Y rostros demacrados apareciendo en el umbral de las puertas de la casa, del hospital, de la oficina. Lívidos, tratando de sobrevivir a la catástrofe.

Escribir esta columna sale a contrapelo. Esto no es película, este miedo es sin música de fondo. Pero podemos recurrir una vez más al arte, y a sus guiños a la fe en un Jesús Vivo, para ayudarnos a desactivar la proximidad de lo inhumano y para buscar el sentido de dignidad en medio de la pandemia y de lo que venga.

Una de aquellas películas sobre distopías me tocó ver estos días: Children of Men (Hijos de los hombres) film del 2006 dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón. Así como Joker del 2019 nos había preparado las retinas para no cerrar los ojos ante la violencia demencial que se desató en nuestras calles, así como nos ayudó a ver detrás de las capuchas las cicatrices de las biografías heridas, Hijos de los hombres nos ayudará a hacer ese ejercicio que hará posible salir vivos de ésta. Aunque esa vida sea para la generación que venga.

En esta obra de Alfonso Cuarón corre el año 2027 y se cumplen dos décadas de que ya no nacen niños(as) en el mundo. Ninguna ciencia ha podido esclarecer la causa. En Londres oleadas de inmigrantes ilegales son acorralados en jaulas para luego llevarlos a ghettos. La clase dirigente vive entre parques y obras de arte. Como resistencia se ha levantado en armas un grupo insurgente que devuelve las balas que les lanzan. Una espiral suicida perfecta…

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Entonces sucede un milagro que podría devolver la esperanza: una mujer ha quedado embarazada, llora una criatura recién nacida…el único problema es que es una migrante ilegal. ¿Se recibirá ese milagro con todos los trastornos que trae a los poderosos de turno o se perseverará en el circuito mortal?

También han sucedido milagros en estos meses de pandemia. No me refiero a que se limpie el aire en Hong Kong, aparezcan jabalíes en Barcelona y delfines en Venecia. Ni siquiera a las “oportunidades humanizadoras” que han aparecido vinculadas a la cuarentena, el volver a la mesa en familia, el teletrabajo en casa, el contar con los vecinos, el priorizar el cuidado de los viejos. El milagro es algo más radical: constatar que el sufrimiento devastador quizá nos podría hermanar a quienes el mercado nos segregó con violencia.

Podría… ¿Qué tendría que suceder? Benito Baranda nos ha advertido ante la ingenuidad de creer que la pandemia “nos hará bien”, pase lo que pase. No es así, estamos ante un cruce de caminos. Humanización y barbarie están a igual distancia. Mientras tanto aumentan los muertos, cesantes, arruinados y quebrados. Y se empobrecen los que ya eran pobres. Quedan exhaustos y expuestos los que en la trinchera dan la cara y cuidan la vida arriesgando la propia. Aquí no hay happy end:  aún cuando las medidas sanitarias acierten, no necesariamente saldremos de ésta mejores personas. Hoy el corona virus está quitándonos vida. Mirar esta pandemia como una oportunidad para otra cosa es frívolo. Esta crisis mundial y la recesión que vendrá será un calvario para millones. Sus frutos posibles no justifican ningún muerto.

Así dicho me tranquilizo y recuerdo que hace poco conmemoramos que Jesús no vino a blindarnos ante la muerte ni a castigarnos con ella, ni a invitarnos a la resignación. Pero que pudo con su vida y muerte abrirnos un camino para resistir la invasión de lo inhumano, justamente cuando la muerte y la pobreza nos acechan.

Si el miedo a terminar entubados nos hermana, si el temor o a no tener para nuestro padre un respirador nos hace iguales…aquí puede haber un milagro que nos salve como país. Y paradójicamente es el mismo cambio de mirada exigido en cada grito, en cada rayado, en cada piedrazo y cabildo durante el estallido social. Un milagro de horizontalidad. En esos días gritábamos en la Alameda “¿por qué tiene que sufrirse la represión y la tortura para que se escuche el simple anhelo de igualdad?”. Cinco meses después la venda de nuestros ojos ha caído: ante el miedo a una enfermedad que nos arrebate lo más querido, ante un miedo que no hace diferencias entre ricos y pobres, el privilegio, el apellido, el colegio caro y el barrio seguro se vuelven patéticos e impotentes. Nada nos blinda. Es el momento de la lucidez. Desde esa lucidez nos conectamos con quienes viven la cuarentena hacinados, cesantes, encarcelados, agolpados en un conventillo…y hacemos que esa lucidez se proyecte al futuro en un país distinto.Si ahora descubrimos que la dignidad era una vulnerabilidad compartida y no una marca de auto, si ella nos permite reconocer que nadie se salvará sólo, ¿podremos cambiar nuestro modo de vida para que Chile sea viable? ¿Podremos renunciar a lo que impide relacionarnos como iguales? ¿Revertiremos la segregación social? ¿Asumiremos nuestro destino colectivo priorizando la justicia social?

Recuerdo que el único momento de la película “Hijos del Hombre”, en que los antagonistas dejan de agarrarse a balazos, es cuando escuchan por primera vez lo inaudito…el llanto de una niña recién nacida. Sólo por un minuto dejan de disparar, de reprimir, de escapar, de estar horrorizados. Se miran con complicidad sólo por un minuto. Aquí también nos llegó una recién nacida. Se llamó Dignidad. Bienvenido todo lo que hagamos para salvarla.

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